domingo, 9 de noviembre de 2008

Siempre sin corbata y sin corsés intelectuales, el cuentista, editor, viajero incansable, comunista y luchador social Juan de la Cabada dejó este mundo hace veintidós años. Las enseñanzas de su vida y su escritura pueden apreciarse lo mismo en sus libros –hoy tristemente difíciles de conseguir– que en las películas en las que De la Cabada fungió como guionista, incluidas Subida al cielo y La ilusión viaja en tranvía, de Buñuel, así como Las fuerzas vivas, de Alcoriza, por mencionar solamente tres obras cumbre. A la memoria de Juanito están dedicados los textos de Rafael Fernández y Amalia Rivera. El número se completa con una entrevista al creador plástico Josep Guinovart, una semblanza de Herbert von Karajan, otra de Margo Glantz como ensayista, así como sendas ficciones de Leandro Arellano y Roger Vilar.


Juan de la Cabada:
imagen y palabra

Amalia Rivera



El pasado 26 de septiembre se cumplieron veintidós años del fallecimiento del escritor y luchador social Juan de la Cabada, cuya obra está en peligro de caer en el olvido, ya no se diga porque cada vez se le recuerda menos en el aniversario de su muerte, sino porque su producción ya no se reedita, “está agotada” en librerías que suelen estar muy bien surtidas, o en la bodega, donde suele depositarse lo que no se pide. De ahí me trajeron Cuentos y sucedidos 2 y 3: Pasados por agua y El duende.

Publicados en 1981, cuando a las editoriales aún les parecía importante editar cuento, género que Juanito, como le llamaban todos, definió como “de lo más antiguo que hay en la literatura”, contienen once cuentos en los que las imágenes y las historias van brotando de una pluma diestra que parece conocer todos los recovecos donde las palabras suelen ocultarse, así como elegir el término preciso de entre un amplio vocabulario que maneja, y que incluye el abanico de la diversidad regional, en especial la del mundo maya. Todas sus historias están contadas y escritas con una sintaxis impecable y una puntuación estricta. Paradójicamente, él, que toda su vida fue un irreverente, que tanto detestaba los formalismos y nunca usó corbata, en cuestión de estilo siguió al pie de la letra las normas clásicas que ordena la lengua española, pero sin dejar de recoger “el habla de las gentes” –como destacó José Bergamín– y captar además la sabiduría popular mexicana.

La temática que aborda en los cuentos aquí reunidos, que datan de los años cuarenta, así como en el resto de su breve pero intensa producción cuentística, recoge historias de mar, de barcos madereros, de selvas mayas pobladas de tigres, coyotes, lagartos y seres mágicos; de hombres consumidos por el amor de una mujer de la que no queda sino el tatuaje en el brazo; de marineros que se embarcaron y ya no saben sino paladear el mar áspero y salobre; de negros y esclavos que comen pejes crudos, de campesinos, pescadores y trabajadores con los estómagos vacíos, siempre explotados, perseguidos por la desgracia, la injusticia y la pobreza que se pega a sus personajes como una sombra.

De la Cabada figura entre los autores mexicanos que dirigió su mirada al indio, cuando éste no era tema de moda y permanecía en el más absoluto olvido. Conocedor de la idiosincrasia indígena, admirador de la cosmogonía maya, que plasma en diversas narraciones, así como de la vida y costumbres de los pueblos del sureste, dado que su estancia en Quintana Roo, pasando por Yucatán, Champotón, Tulum, El Carmen, Cozumel, se extiende de 1936 a 1943, pone de relieve un elemento importante para empezar a comprender el porqué de la barrera infranqueable entre el indio y el mestizo: el idioma, porque, “el indio vive traduciendo y casi es imposible traducirlo a él”, como señaló no pocas veces.

Esta comprensión de la situación del indígena se manifiesta con claridad en otro cuento ya inconseguible, escrito a su regreso de la urss : “Llovizna”, en el cual se basó Sergio Olhovich en 1977 para llevar al cine una historia del mismo nombre que recrea el profundo racismo y discriminación que vive el indígena en México, porque no son lo mismo nuestros admirados ancestros indígenas, orgullo nacional, que erigieron las pirámides de Teotihuacan y Chichén Itzá y que inventaron el cero, que el manojo de indios que trabajan como albañiles a la vuelta de la esquina y que son flojos, borrachos, sucios, y hay que temer porque son naturalmente violentos, rencorosos y ladrones.


Fotos: Héctor García/ archivo La Jornada

El cine fue otra de las pasiones de De la Cabada. Pasados por agua contiene un fragmento de guión cinematográfico Sean Flynn, el aventurero, que deja ver su talento como guionista, otra aventura en la que se embarcó sin saber nada y que luego, como todo lo que emprendió, abrazó con pasión. Cuando José Revueltas lo invitó a escribir un guión de cine –según refiere Rafael Fernández Pineda–, objetó que no sabía, que él únicamente sabía contar cuentos, a lo que Revueltas le contestó con simplismo irónico: “Es lo mismo, sólo tienes que quitar las descripciones del paisaje y tus reflexiones.” Y así, siguiendo esa fórmula infalible, en 1951 se inició formalmente en el cine con Luis Buñuel, Luis Alcoriza y José Revueltas en la adaptación de Subida al cielo, que acaba de retransmitirse en televisión cerrada. La buena adaptación de un argumento débil cuenta con humor la historia de un Adán y una Eva cachondos, abandonados en las playas de Guerrero. Lilia Prado y Esteban Márquez –quien luego dejaría su carrera de actor y se dedicaría al diseño y la astrología y es mejor conocido como Esteban Mayo– llevan los estelares. En 1953 adaptó un relato de Mauricio de la Serna para La ilusión viaja en tranvía, de Buñuel. Los chispeantes diálogos que logró impiden que el filme envejezca.

Sus guiones para cine siempre fueron sencillos, pero profundamente conmovedores, como el de Canasta de cuentos mexicanos, que hizo en 1956, invitado por Julio Bracho; inteligentes y agudos como el de Las señoritas Vivanco, escrito en 1958 junto con Elena Garro.

Hizo un alto en el cine durante prácticamente una década, porque en esos años hacer y escribir cine era un lujo que Juan de la Cabada no podía darse debido a su siempre precaria economía, y porque otras tareas ocupaban sus días, como su militancia en el Partido Comunista, que combinaba con recorridos por todo el país para dar conferencias, sin dejar las colaboraciones en revistas literarias como Mañana, Bellas Artes, Universidad, Rehilete, o en los diarios Oposición y Voz de México.

Regresó al cine en 1973 para escribir, con Eduardo del Río (Rius), el guión de Calzonzin Inspector, recreando los personajes de la entonces famosa historieta de sátira política Los Supermachos. Su adaptación en 1975 de Las fuerzas vivas, de Luis Alcoriza, ganó un premio al mejor guión en el festival de Cartagena, Colombia.

Se cumplieron veintidós años de la ausencia de Juanito. Sin duda el mejor homenaje para este escritor, editor, viajero, cuentacuentos, comunista, luchador social y gran mexicano será la difusión y redición de su obra.

De la Cabada guionista

Rafael Fernández

Las siguientes son las palabras dichas por Rafael Fernández en la Casa de la Cultura de Cancún el 26 de junio pasado, conmemorando los veintidós años transcurridos desde la muerte de Juan de la Cabada.

Recuerdo a Juan de la Cabada en la radio, era un excelente narrador y ameno platicador. Contaba como llegó al cine: incitado por el guionista Manuel Altolaguirre y su amigo y escritor José Revueltas, para participar en una película de Luis Buñuel, Subida al cielo (1952), él objetó que no sabía hacer guiones, únicamente sabía contar cuentos, a lo que Revueltas le contestó: “Es lo mismo, sólo tienes que quitar las descripciones del paisaje y tus reflexiones.” Fue así que colaboró haciendo los diálogos.

Buñuel, junto con su guionista de cabecera, el célebre Luis Alcoriza, lo llamaron para su siguiente película, La Ilusión viaja en tranvía (1954), sobre un relato de Mauricio de la Serna en el que intervino también el citado Revueltas. Pero los chispeantes diálogos entre Lilia Prado, Carlos Navarro y Fernando Soto Mantequilla, de un agudo sentido del humor y de una gran ironía, se atribuyen a Juan de la Cabada. Gracias a esto La ilusión… ha conservado su particular encanto con el paso de los años y ha logrado superar el “envejecimiento” al que se ven condenadas muchas películas.

Julio Bracho lo invita a colaborar con él en dos cintas: la poco conocida María la Voz (1955) sobre un cuento del propio Juan, y después en la adaptación de Canasta de cuentos mexicanos (1956), basada en el libro Raíces, de Bruno Traven. Aquí aflora la calidad poética de Juan de la Cabada , que logra un guión de una sencillez arrebatadora, para uno de los filmes más conmovedores que pudo filmar Bracho.

Sin interrumpir su prolífica producción literaria, cerca de sesenta y siete libros, Juan de la Cabada participó en el cine con los mejores directores, que reconocían en él su profundo conocimiento del idioma y su enorme capacidad de reflejar el habla del pueblo con sinceridad y sencillez pero, al mismo tiempo, energía y vitalidad. Así es que escribe para René Cardona Maratón de baile en 1958 y, junto con Elena Garro, Las señoritas Vivanco, para Mauricio de la Serna en1959. Le sigue Sonatas (segmento mexicano), del director español Juan Antonio Bardem, en ese mismo 1959.


Escena de Subida al cielo

En 1960 escribe La tijera de oro, de Benito Alazraki; es donde vuelve a trabajar con Luis Alcoriza, con quien colabora en importantes proyectos, como el guión de La Chamuscada (México, Tierra y Libertad), dirigida por Alberto Mariscal, en 1971; y la importantísima Las fuerzas vivas que dirigió el mismo Alcoriza en 1975, y que es una de las páginas más brillantes de la historia del cine mexicano, tanto por su calidad cinematográfica como por la profundidad con que se trata la historia, a pesar de ser una sátira política. Esto, me atrevo a decir, sólo fue posible gracias a la gran calidad de la escritura y coherencia del guión de Juan de la Cabada.

Si con Las fuerzas vivas, habría sido suficiente para la consagración definitiva de Juan de la Cabada, su participación en el cine fue, como toda su obra literaria, prolija y modesta a la vez. La humildad fue uno de sus códigos. Dotado de una ética esencial, su contribución artística al séptimo arte siempre fue de elevado contenido social y humano, sin tomar en cuenta el genero al que se aplicaba, como lo demuestra la diversidad de sus guiones: Simitrio (1960) bajo la dirección de Emilio Gómez Muriel; Lola de mi vida (1965) de Miguel Barbachano; Calzonzin Inspector (1974) de Alfonso Arau; o su última película, realizada en 1978: Llovizna, de Sergio Olhovich. El drama pueblerino, el de la ciudad, la sátira y la denuncia están presentes en estos trabajos.

Ahora que muchos cineastas mexicanos se encuentran triunfando a nivel mundial, no debemos olvidar a esos “talacheros” del cine que son los guionistas y, como es el caso de Juan de la Cabada , grandes escritores. El cine albergó a muchos, aún antes de ser reconocidos o famosos: Gabriel García Márquez, José Revueltas, Mauricio Magdaleno, Fernando Fuentes, Elena Poniatowska, Elena Garro, etcétera, que ya son parte de nuestras mejores tradiciones artísticas e intelectuales.

A mí, como a muchos en México, se me había olvidado que Juan es parte insustituible y esencial de la cultura, de la mejor tradición literaria y del arte, con carácter universal, de nuestro país. El que esto escribe, sin haberlo conocido en persona, lo considera como su maestro en el oficio de la escritura. El mejor homenaje es volver a leerlo o descubrirlo; para quienes no lo conocen, nadie se sentirá defraudado porque ¡Juan de la Cabada vive!

1 comentario:

Francisco Valerdi dijo...

Soy admirador de Buñuel y ahora también admiro al señor Juan de la Cabada