viernes, 12 de noviembre de 2010

3 sobre 3 grandes;

La última y nos vamos, Monsi

Ahora si que ya nos fregamos Monsi. ¡Te vas para no volver! Dejas cariacontecidos a tus cuates, desde Borola Burrón hasta escritores nobeles; qué harán las minorías sin su heraldo; y los monsivarianos sin su santón; lectores y lectoras sin tu humor y los que sabían de ti sólo de oídas, quedamos entristecidos y ensimismados en nuestro amor perdido.

Gatos viudos, estampitas, muñequitos y cartones heredas a estas nuevas generaciones de cibernautas, que ahora quizá sólo se acerquen a ti a través del internet. Seguramente en el preciso instante en que redacto este opúsculo, la red se desgañita, pues miles de avezados googlean vuestro nombre. Y luego está el asunto de los libros, de todo ese número de libros en donde tu nombre ya no aparecerá como una suerte de impronta recalcitrante; y esa manera tuya de abarcarlo todo. Nos legas la desacralización de la cultura con tu finísimo sentido del humor y esa mofa hacia la demagogia del Estado. Cierto es que eras ajonjolí de todos los moles; ni para que negar tu tan mentada ubicuidad. No me he sorprendido de todos los ruegos y plegarias que suscitaste con tu muerte. El Palacio de Bellas Artes te quedó chico para el tumulto de deudos que dejaste. Perdemos, como dijo José Emilio Pacheco, al “único escritor que la gente reconoce en la calle”.

Ahí quedan, te digo como simple lector, tus libros adjetivados a lo Monsi, cargados de fisgoneo: retablos de un México abigarrado al que diseccionabas y nos presentabas luego revitalizado; ahí tus ideas oblicuas y populacheras; ahí tus filias, cartones y cómics. Ni qué decir de tu Estanquillo, que ahora será también mausoleo y refugio de tus groupies pues tenías alma de rockstar.

Otra forma de mirar nos dejas. Voz que denuncia, era la tuya. Que espantes en paz, que tu espíritu recorra las calles de la ciudad para que un buen día te nos aparezcas vestido de Santa Claus, cayéndote como en Los caifanes, y grites de viva voz: ¡por mi madre bohemios…!

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Saramago

Más viejo igual a más libre,
más libre igual a más radical.

Saramago decía también: “La muerte es un proceso natural, casi inconsciente. Entraré en la nada y me disolveré en ella”, hablaba con razón, sin embargo, nunca se disolverá su recuerdo y su obra.

Un hombre crítico, independiente y desenfadado que derrochaba constelaciones de palabras y galaxias enteras de historias. Un comunista libertario e incansable. Ateo declarado pero que, sin duda, es habitante ya del paraíso, aunque haya quien lo calificara de “populista extremista” y de “ideólogo antirreligioso”.

Sus relatos históricos, que se mezclaron con hechos actuales, forman parte de una enseñanza, con ese estilo tan suyo, entre formalidad y sarcasmo; genialidad y disciplina; entre crítica y burla, aplauso y abucheo: fue un escritor que renovó la novela y con amenidad nos hizo reflexionar.

Su conocimiento de la historia y el gusto de transformar las palabras quedan plasmadas en textos que causaron el desasosiego que buscaba y, a veces, más que eso, revuelo, como con El Evangelio según Jesucristo, y poco antes de su partida, confusión, con Caín.

Cómo olvidar sus novelas donde con palabras nos enseña a ver –como ven los ciegos– hacia dentro, con el alma, como en Ensayo sobre la ceguera. O en, Ensayo sobre la lucidez, que nos habla de una conciencia lúcida y alerta sobre el alcance de la política.

“En todo andaba, menos en misa”. No se olvidó de los más pequeños. En su libro La flor más grande del mundo, preguntó: “¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo, venimos enseñando?” Así, nos enseñó a reconocer que la sencillez es una forma de sabiduría, al proponer que alguien que supiera más, convirtiera sus ideas en cuentos para niños.

En México nos dejas, querido Saramago, una huella que nunca se borrará porque no dudaste en cruzar el mar para mostrarnos que también eras un luchador social. ¡Hasta siempre José Saramago!

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Bolívar Echeverría

Nacido en Riobamba, Ecuador, en 1941, Bolívar Echeverría Andrade ocupa un sitio destacado como uno de los principales teóricos críticos de la modernidad capitalista. Su legado intelectual comprende, además de su obra escrita, una continua y dedicada labor como educador. Bolívar (como le llamamos sus cercanos) formó en las aulas universitarias a numerosas generaciones de académicos y estudiosos que han diseminado el estudio sistemático y radical (i.e. desde la raíz) de una modernidad generadora de ilusiones atractivas y de una devastación sin freno del sujeto social y de la biósfera.

Bolívar revolucionó la lectura e interpretación de la obra de Karl Marx, y la proyectó teóricamente hacia terrenos novedosos, rompiendo radicalmente con las versiones dominantes del marxismo en América Latina, con orientación dogmática. En este sentido, su libro sobre El discurso crítico de Marx y su participación en el consejo editorial de la revista Cuadernos Políticos marcan un hito en la “Teoría crítica de la sociedad” elaborada en y desde nuestra América Latina. Su vocación filosófica lo llevó de su natal Ecuador a la búsqueda de nuevos horizontes en Alemania, primero Friburgo y luego Berlín Occidental.

Luego de adquirir una formación teórica muy sólida regresó a nuestra América y eligió a México como su país de residencia; aquí desarrolló su carrera académica, reconocida en su momento con el Premio Universidad Nacional y con el nombramiento de Profesor Emérito, ambos en la unam. Su obra escrita comprende también libros imprescindibles como Las ilusiones de la modernidad, Valor de uso y utopía, La modernidad de lo barroco y Vuelta de siglo; este último título le valió ser galardonado con el Premio Libertador Simón Bolívar al pensamiento crítico. Destaca dentro de su legado teórico una original Teoría de la cultura, estructurada sobre la noción del cuádruple ethos de la modernidad. Su partida deja un hueco imposible de llenar. Sus cercanos sentimos profundamente su partida, pero tenemos un tesoro que sabremos cuidar y transmitir a las nuevas generaciones. Adiós, querido maestro.

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